Nos mira, baila y asiente, y mi amigo José puede dar fe de que esto es verdad. Creemos que es un pito real ibérico, pero no sabemos mucho de aves. Nos saluda a través del cristal algunas mañanas, y casi siempre coincide con algún partido del Real Madrid, de ahí su bautizo. Nosotros, como futboleros que somos, y por ende supersticiosos hasta el infinito en cuanto a once camisetas blancas sobre el césped se refiere, lo hemos tomado de amuleto.
Hoy jugamos contra el Bayern Münich. Ferland lleva seis días sin aparecer.
En la ida, fuimos a ver la previa a los aledaños del Santiago Bernabéu, aquel otro templo ahora reducido a algo más parecido a un expositor de reliquias o un museo, donde la especie nativa (el madridista de a pie) se encuentra cada vez más en mayor riesgo de extinción. Reconozco pocos símbolos; pocas tiendas de bufandas en la calle, y no tanta gente como otras veces. Es verdad que llovía. Por eso vi luz cuando la gente se mojó al salir de los bares y repisas por ver la llegada del autobús. Acababa de pasar la Semana Santa, pero todavía quedaba gente que cree.
El diluvio nos empujó a un bar de barrio con un par de amigos más. El clima parecía saber más. La segunda cerveza llegó junto al gol de Luis Díaz, y la comida junto al de Harry Kane, después del descanso. Mbappé metió el 1-2 y nos fuimos a casa penando; aquel era demasiado buen bar para tan pobre partido.
Al día siguiente vimos a Ferland por última vez. Estamos preocupados.
Ya no me sorprendo cuando me preguntan por qué soy del Real Madrid. Me enseñó a creer hasta el final, a torcer el destino a base de voluntad. Las remontadas son posibles, pero esta vez parece distinto. Los rituales se acaban gastando, la identidad se pierde. Miras al abismo lo suficiente y el abismo te devolverá la mirada. La vuelta no se juega hoy en Tierra Santa, y eso siempre era una condición para entrar al manicomio.
Los hinchas del Bayern han puesto pirotecnia alrededor del hotel, la primavera no tiene el mismo poder en Baviera, allí no huele a naranjas y flores de azahar, ni hay antorchas. Del Madrid han ido miles de millones de euros en forma de estrellas de fútbol, pero la ilusión no nace así. Nunca fue dinero. Conforme avanza la semana hay algo que se me remueve dentro.
La lógica dicta que es imposible, que estamos fuera. Pero nos queda la mística. Hay algo allí, en Alemania. Lo difícil de las profecías no es recibirlas, es interpretarlas. El entrenador del Bayern dice que no cree en el Madrid. Benzema confió. Rodrygo tuvo Fe. Joselu creyó.
Creo que ya sé por qué no ha venido Ferland estos días a mi casa. Está en otro sitio.